Metafísica
La realidad se revela al hombre a sí misma como absoluta. El mismo término implica que lo que no participe en ella es pura nada. Más allá de toda oposición, más allá de toda limitación, por lo tanto sin dualidad (Advaita Vedanta en Sánscrito). En este estado inicial (o no-estado para ser mas precisos), cada posibilidad se encuentra contenida en su Esencia pura. De este conocimiento, que se revela a nosotros mediante la intuición, es posible trazar un camino desde lo inicial, al estado condicionado de lo humano y la existencia cósmica. Lo Absoluto es por definición Infinito, es decir ilimitado, y si no fuera así no podría ser identificado con el término “realidad”, que lo incluye todo. Es necesario por lo tanto que para que toda posibilidad se manifieste, lo Absoluto debe ‘emitir’ su contenido por medio de una serie de grados y de variantes indefinidos, posteriormente dando como resultado la diversidad de la manifestación universal.
Aquí debemos aclarar algo con el fin de que nuestras afirmaciones no sean malentendidas; cuando hablamos de cualquier cosa que no es lo Infinito e incondicionado, estamos necesariamente hablando de una ilusión, ya que desde el punto de vista de lo Absoluto toda posibilidad ya ha sido realizada y contenida plenamente dentro del principio. Por esta razón la noción de cambio es completamente ajena a la especulación metafísica, y cualquier simbolismo espacial y temporal que pueda usarse, debe emplearse puramente como ilustración, y no debe tomarse de ningún modo literalmente, siendo estas las condiciones que aplican únicamente a la existencia corpórea. En realidad no puede existir medida común entre una infinita extensión de tiempo, espacio, número y el Infinito, porque las condiciones mencionadas constituyen sus limitantes, y las limitantes no tienen lugar en lo ilimitado. La gente moderna tiende a pensar en la infinidad como un número, aún cuando no se pueda definir numéricamente. Una extensión numérica sin fin debería entenderse por lo tanto como indefinida, en vez de infinita, para evitar confusión.
Dado que nada puede existir afuera de lo Absoluto excepto de un modo ilusorio, es esencial el hecho de que en la metafísica cualquier objeto que se revele a sí mismo al hombre es necesariamente un símbolo que comunica algún aspecto del Absoluto. La Naturaleza existe puramente como una expresión simbólica de la Verdad en la cual lo esencial es el contenido. El autor tradicionalista Frithjof Schuon suele emplear un simbolismo espacial por medio del cual lo Absoluto es representado por un punto, su Infinidad con rayos emanando de ese punto, y su calidad de triple perfección dentro de un círculo el cual sujeto esos rayos. En la terminología religiosa, estos tres aspectos son a menudo conocidos como Dios, Amor y Creación.
Dos cosas deben ser claramente entendidas para hacer esta expresión simbólica de la Verdad metafísica algo estrictamente certero. Primero, que el punto mismo contiene los rayos y el círculo en principio, ya que estos solo aparecen de modo ilusorio y desde un punto de vista limitado. Segundo, que el punto mismo, a pesar de contener toda posibilidad en relación a todo lo que le rodea, es ya limitado por su ubicación, incluso más por el hecho de que su visualización conlleva la distinción entre sujeto y objeto, siendo que simbólicamente contiene a ambas. Esto nos lleva a la más distinción más sutil. Es la distinción de lo Incondicionado, y el primer estado condicionado de la existencia.
La Realidad existe sin condición o limitación de modo alguno. El primer estado condicionado que debe discernirse dentro de la Realidad es el Ser. La condición del Ser es la auto-percepción. Aunque en el Ser no existe distinción entre el sujeto y el objeto, la división esta implícita, aunque de ningún modo se puede distinguir una diferencia. Conteniendo así, al Ser y a la Consciencia, el uno no puede existir aparte del otro, siendo reducidos ambos aspectos a una sola cosa. El Ser es el principio inmediato de la manifestación, ya que estos dos elementos están combinados en toda forma, sea la forma mental humana donde la Consciencia predomina, o las formas físicas de la materia inerte, donde el Ser predomina. Resulta interesante que para el fin de que las posibilidades universales puedan efectuarse en plenitud, uno de los elementos ha de manifestarse en mayor o menor grado aunque este no es usualmente el caso. Ejemplos como el diamante, el cual, metafísicamente hablando es materia inteligente, y el insecto, el cual es Consciencia reducida al mero movimiento de la materia, que en otro caso sería inerte. Esto basta para explicar porque el primero es hermoso y el segundo repulsivo.
El tercer elemento en el Ser después de la Consciencia, es lógicamente la intersección de ambos, en cierto sentido la reducción de los dos elementos en la unidad. Esto es la Beatitud, lo que completa el sendero ternario de Sat (Ser), Chit (Consciencia), y Ananda (Beatitud). Esta trinidad corresponde necesariamente a la triplicidad de lo Absoluto, lo Infinito y lo Perfecto, que ya hemos discutido, dado que todos los aspectos de la existencia deben de modo alguno, ser análogos, dado que son aspectos externos de lo Absoluto, el cual que carece de dualidad.
El saber metafísico difiere de otras formas de conocimiento porque es inmediato por sí mismo. Resulta evidente que el verdadero centro de todo estado individual de existencia es lo Absoluto, ya que mediante éste, existe. Solo por medio de limitaciones aparentes que se muestran de un modo relativo el ser puede percibirse a sí mismo como individuo. El descubrimiento de nuestra verdadera naturaleza en lo Absoluto es esencial para cualquier organización metafísica, la cual expone los métodos por los cuales este descubrimiento puede ser logrado. Lo que todas las organizaciones metafísicas tienen en común es el acuerdo de que el conocimiento puro es fundamentalmente lo mismo que el ser, es decir que solamente podemos conocer lo que somos, como Aristóteles dijo “el alma es todo lo que esta conoce”. Debido a ello, el alma debe ser pura para adquirir esta comprensión. El alma impura limitada a los deseos mundanos no es receptiva a lo Divino, mientras que el alma pura es perfectamente receptiva en su principio femenino. La meta de la vida espiritual es recibir la iluminación “desde el interior”, y así trasladarnos de un estado del conocimiento que depende de las observaciones indirectas, racionales y empíricas, que son los tipos de conocimiento lunar ya que requieren premisas fuera de sí mismas y no identifican al sujeto (el conocedor) con el objeto (lo conocido) por completo, a un conocimiento solar, en el cual el sujeto y el objeto se identifican el uno con el otro, consecuentemente el conocedor se convierte en lo conocido y también en su propia luz, ya no dependiendo más de una fuente externa. En el reino corpóreo, la luna es iluminada por el sol pero sigue manteniéndose aparte de éste, como la apariencia de la dualidad es vista por lo que es, una ilusión. Este tipo de conocimiento, el directo y por lo tanto infalible, semejante a nuestro conocimiento de la consciencia individual, que es obviamente incuestionable, es llamada intuición intelectual por los tradicionalistas, y es fundamental en el conocimiento metafísico.
La intuición intelectual es inconcebible para la mayoría de la gente moderna, incluyendo y quizá aplicando especialmente a los filósofos modernos, cuyas teorías son siempre puramente racionales en naturaleza, y a los cientistas modernos, cuyas teorías son siempre únicamente empíricas en naturaleza. Esto se debe a que estos pensadores confían siempre en el conocimiento indirecto y reflejado, y no son capaces de reconciliar todas las contradicciones que encuentran, viéndose forzados a remendar con teorías cada vez más y más complejas, que a su tiempo son desacreditadas. El hombre del conocimiento moderno se encuentra en un reino ilusorio de opuestos, y como tal jamás habrá de llegar a una conclusión. Sin ningún punto de referencia central que le haría estabilizarse, el hombre moderno que busca el conocimiento en estos reinos vaga perdido, incapaz de comprender la razón de su propia impotencia. Esto no significa que los hechos coleccionados por los cientistas modernos sean falsos, pero son puramente relativos, y tratándolos como si fueran absolutos, los cientistas a menudo sacan conclusiones erróneas de hechos físicos, siendo el Darwinismo un ejemplo clásico.